Ida y vuelta. Ser y no ser. Día y noche. Yin y yang. Perder y encontrar. El lado oscuro y el lado claro de la luna. Pensar y existir. Dos caras de una misma moneda.
jueves, 6 de febrero de 2014
Pasajes de la pequeña gran isla rojinegra
domingo, 21 de abril de 2013
Days
Balcones llenos de domingo, de risa sin forzar.
Mates con espuma, aire fresco bajo la piel.
Días de noches, de refugio cálido, de sueño pesado.
Mañanas de sol y atardeceres color chicle.
Se siente gaviota y lagartija.
Se siente nube y selva.
Se siente jazmín y pomelo.
Se siente zorzal y un poco puma también.
Zorzal para volar, puma para apechugar.
jueves, 11 de abril de 2013
Marca de agua
Una marca que nos quedó en las paredes y en el corazón.
Sí, estamos monotemáticos. La tormenta nos sacudió la cabeza.
Nos pateó el tablero.
Quedan aún los miedos, la susceptibilidad de que la lluvia se convierta una vez más en la peor pesadilla.
La impotencia de sentirnos vulnerables ante un fenómeno natural.
La bronca de sentir una vez más que los que administran nuestras ciudades no nos cuidan.
En los barrios la situación sigue siendo complicada y hoy está lloviendo de nuevo.
Se buscan funcionarios responsables que se embarren las botas.
Se encuentra la solidaridad vecinal, el compromiso de los movimientos sociales.
El cepillo en mano, la lavandina, el mate, los colchones, los bolsones de ropa, los bidones de agua.
Y nada más.
lunes, 1 de abril de 2013
Frenética metrópolis
miércoles, 20 de marzo de 2013
De olor a tierra mojada incluso en la ciudad
martes, 19 de marzo de 2013
Volver...
miércoles, 13 de octubre de 2010
domingo, 4 de julio de 2010
Pertenecer

Ser parte...
...de esa generación de hijos que nos criamos en el sur, porque ellos creyeron en un futuro de mejillas rosadas por el viento y largas tardes jugando en el pasto.
...de los que armábamos casitas en los árboles y vendíamos nuestras artesanías a los vecinos.
¡Que padres hippies! No. Padres… padrazos, que abandonaron la urbe y se la jugaron.
Pertenecer...
...a ese grupo de adolescentes que no se bancaron lo establecido, que desafiaron las reglas.
...a esos jóvenes que siguen rebosantes de utopías
Porque estamos en movimiento. Aunque para el resto, es el mundo el que no se queda quieto.
viernes, 16 de abril de 2010
EL HOMBRE QUE SE PARECE A LA HISTORIA
La casa es pequeña, casi minúscula. La biblioteca se extiende por toda la pared de la única habitación que hace simultáneamente de dormitorio, de living y de cocina. Las repisas están colmadas de libros y videos de
En el patio Don Pinto le da de comer a “Charly”, un chimango que apreció con un ala lastimada y fue adoptado como mascota por el dueño de casa. Lo trata como un par, le habla, le da consejos; es su única compañía.
Francisco Pinto López vive en Bariloche desde los años setenta. Recluido en su humilde albergue pasa los días, solitario, melancólico y pensativo. Camina por las calles de tierra ofreciendo sus servicios; es carpintero, aunque cualquier changa le viene bien: cortar el pasto, podar algún árbol, hacer tareas de albañilería. Se da maña para todo.
Ahí va Don Pinto, saludando a la gente del barrio con su pegadiza tonada chilena. Ahí va, con la pala al hombro y las botas de goma, surcando los caminos australes de un país que le abrió las puertas y le cerró los sueños.
Ya pasaron 35 años desde que tuvo que dejar su país natal. El tiempo pasó lentamente, arrastrando recuerdos de su niñez en Chillehue -un humilde pueblo ubicado
Ahora se refugia en trabajos domiciliarios y aprovecha para contar sus historias a quienes le prestan el oído por un rato. Tiene un humor sarcástico y le gusta mucho hablar.
“Don Alejandro, le cambio las copias de los videos por cortarle el pasto”, le dice a un vecino que se dedica a la producción audiovisual. Siempre le pide que le grabe documentales sobre
Hace algunos años lloró la muerte de su inseparable compañero Panzer. El perro que llevaba el nombre de un tanque de guerra alemán, era más que una mascota, más bien encarnaba una extensión de Don Pinto. Desde ese momento anda sólo y nostálgico. Lo evoca en cada conversación y lo recuerda como a un amigo. El ave que tiene ahora en el patio no ha podido reemplazar a su aliado canino, con quien compartió los momentos más duros de su vida.
Se traslada de sus trabajos eventuales a su casilla, en donde pasa los días entre el vaho de la ropa sucia y la humedad de las paredes, toma vino en exceso y tiene severas dificultades cardíacas.
Ateo y anarquista
“Tiene cinco minutos para irse o le espera el pelotón del fusilamiento”. La voz proviene de un oficial alto y robusto que está interviniendo la mina “El teniente”. Es 13 de septiembre de 1973, hace dos días el General Augusto Pinochet derrocó a Salvador Allende, dejando huecos los anhelos de un pueblo que celebraba las medidas de un gobierno que había profundizado la reforma agraria, que luchaba por los derechos de los trabajadores y se convertía de a poco en el símbolo nacional del socialismo moderado.
El oficial repite las palabras y señala con su dedo a uno de los obreros de la mina. Lo acusa de ser allendista, lo tilda de subversivo. Francisco Pinto sabe por qué lo busca, sabe que estalló el golpe. Piensa, repasa sus años de adolescencia, cuando se escapaba a la madrugada a pegar con engrudo carteles con la inscripción “Ahora le toca al pueblo”, recuerda que se autoproclamó desde joven ateo y anarquista, sabe que está comprometido, presume el peligro.
Aquí comienza la carrera hacia el exilio. Luego tendrá que escaparse, viajará a Argentina, conocerá gente, pasará hambre, sufrirá el desarraigo. Cruzará la frontera con libros “prohibidos”, llorará la desaparición de compañeros. Se desempeñará como carpintero en San Luís, conseguirá trabajo en una central eléctrica, construirá puentes, será explotado por sus patrones. Sufrirá los abusos de la dictadura argentina, le marcarán con una “equis” su documento y pensará que el golpe argentino fue aún peor que el chileno.
Pero todavía no sabe nada de esto. Está en su puesto de trabajo desde hace 4 horas y un militar lo obliga a retirarse. Pinto cree que debe dejar el país. Y emprende su huida.
El cruce de los Andes
Cruzó la cordillera gracias Alfredo, un amigo que le ofreció llevarlo en auto hasta Mendoza. Cuando pasaron el túnel del Cristo Redentor se encontraron con un cartel que decía: ‘Bienvenido a Mendoza, tierra del sol, de Los Andes eternos y del buen vino’.
“Nos bajamos del auto y Don Alfredo me dio un abrazo y me dijo: ‘bienvenido Pancho, esta es tu nueva patria, esta patria te va a acoger sin preguntarte nada, te va a dar el pan y el trabajo’. Pero bueno, las cosas no salieron tan bien.”, cuenta Don Pinto revolviendo los recuerdos de aquella odisea que hoy parece tan lejana.
El Golpe de Estado de 1976 lo encontró en Mendoza, provincia en la que vivió cuatro años, trabajando en una estación de servicio y en obras de construcción. “Extrañaba mucho mi tierra, el clima, las comidas, el vino, me costaba mucho adaptarme y encima estalló el golpe, ¡cómo abusaban de los pobres!, ahí sí que la sufrimos, imaginate ¡extranjeros y pobres!”, relata mientras alimenta a su mascota.
De Mendoza se fue a San Luís y de ahí a Córdoba, en donde se instaló a trabajar en la construcción de la central atómica “Atucha I”. “Nos tenían prohibido ir al lago que estaba cerca de la central nuclear, andaba siempre un milico con bayoneta controlando que ninguno anduviera por ahí. Una tarde con Maya, uno que era de San Rafael, nos fuimos sin que se dieran cuenta y justo pasaba un avión que tiraba unos bultos al lago. Eran cadáveres, nosotros los vimos”.
“En el sur hay trabajo”, le dijeron. Huyendo de los abusos y en busca de una mejor vida Don Pinto emprendió un camino sin destino definido, pero con rumbo meridional
Así llegó a Bahía Blanca, a través de un anuncio en un diario. Pedían un carpintero y estuvo allí unos meses. Siguió hasta Choele Choel y Piedra del Águila, en donde fue obrero de la central eléctrica Alicurá. “Mi deseo era conocer Ushuaia, así que me fui a Bariloche a juntar unos pesos para poder cumplir mi sueño. Era el año ’83, empecé haciendo portones, y aquí me quedé, en esta misma casa que me prestaron. Sobreviví con changas, haciendo bajo mesadas y placares. El país estaba malo, no había trabajo.”.
Don Pinto mira el cielo y dice que va a llover. Ya es hora de cenar, se va a cocinar un estofado y a dormir temprano porque madruga. “Mañana tengo que hacer una poda de árboles, trabajo por mi cuenta, así me gusta a mí: anárquicamente, sin que nadie me controle ni me joda. Ya me cansé de eso, siempre el que menos sabe trabajar es el jefe”, dice entre risas y se mete en la cabaña.
miércoles, 27 de enero de 2010
Ese lugar al que llaman “el sur”
Tierra de baqueanos y pobladores, de pequeños pueblos aislados. De Inakayales y Saihueques, de alamedas que indican antiguas taperas.
Capones, manos curtidas, guanacos y choiques.
Armónica sinfonía de amarillos y verdes opacos. No hay contrastes. Sólo el cielo y la ruta se diferencian de los colores de la estepa.
Aire puro en forma de brisa.
Flamencos, ganado, arroyos y lomas marrones espían detrás de los alambrados terratenientes.
Propiedad privada: prohibido pasar. La tierra y la compraventa; las reservas, las disputas, la codicia.
Los desalojos y la violencia hacia lo ancestral. Porque no era un desierto, aunque aún se sostengan esos discursos.
El viento sigue soplando en la Patagonia, silba fuerte. Grita y pide libertad, pide dignidad.
El lejano sur ya no parece tan lejano; porque siempre hay un lugar más austral debajo de donde estamos. Entonces el sur es relativo y unitario. Y la tierra es como los billetes del Estanciero o del Juego de la vida.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Jueves de chacarera

Todo está listo en
Alrededor de diez duplas comienzan a danzar simultáneamente. Lo hacen de manera similar, aunque cada una con sus particularidades.
Una muchacha joven vestida de rojo se destaca por su amplia sonrisa y su baile estilizado. Su pareja, un hombre mayor que ella, la acompaña modestamente. Parece como si quisiese que ella se luciera; la mira a los ojos y la escolta con su delicada danza. El encuentro visual es fundamental en este dúo, que se entrega por completo a los compases de una alegre chacarera. Los ojos se fusionan y se hablan; ellos también bailan enlazados.
Ella se ríe, él la observa mientras se desplaza discretamente en una media vuelta. Luego viene el zapateo y zarandeo y ambos se destacan en lo suyo. La joven se luce en ese paseo romboide, mostrando su encanto y simulando una pollera que no tiene, pero que hasta el público imagina. El hombre salta vibrante, haciendo chocar sus zapatos contra el suelo. Ella seduce al varón que parece cortejarla. Ambos están conectados en cada movimiento. Parecen sentirse atraídos, aunque en realidad es la danza lo que los une.
Mientras ellos- abstraídos de todo- se dejan llevar por las guitarras criollas, la gente los mira y los acompaña en sus volteretas. El ritmo alegre de la chacarera musicaliza una escena festiva. En las mesas, el público los sigue con palmas.
Se ven tan armoniosos que da placer contemplarlos. Bailan de manera afinada, elegante. Nadie se percata de que están vestidos de jean y remera, porque tienen una presencia que genera la ilusión de que están dentro de los mejores atuendos folclóricos.
“El cuervo” pellizca su acordeón con ímpetu, mientras estimula a la gente al grito de “fiesta loca”. Sus músicos lo acompañan con guitarra, bajo y batería; tocan con ganas, y parece que les da más fuerza que las parejas dancen.
La banda invita a bailar una zamba. Los dúos toman aire y comienzan su duelo de pañuelos.
La joven de rojo brilla y su compañero está casi encandilado. Ambos deslizan sus pies como reptiles por el suelo. Sus pañuelos se agitan, giran para un lado y para el otro en forma de ochos, se marean, se cansan, se tocan.
Los pañuelos se rozan, se seducen. Ellos siguen sus pasos, concentrados en la música. La muchacha exagera cada movimiento, modernizando con cada impulso al tradicional baile argentino. Recrea una zamba estilizada, una versión propia; reinventa a cada instante esta danza de ritmo mixto.
La noche se vuelve profunda, ya pasaron varias horas desde que empezaron los giros, contragiros y vueltas enteras. Sin embargo, ellos continúan con la misma energía vibrante y libidinal que los unió desde el primer momento.
Un chamamé despabila a los presentes, los dúos son cada vez más. Se suma gente al bailoteo general, cuando ya los músicos se ven cansados y la jornada parece estar empezando a terminar.
La pareja se distingue entre la multitud, por los colores, por las sonrisas, por las miradas, por la conexión. Cuerpo contra cuerpo enhebran el chamamé. Saltan de una pierna a la otra, firme y cadenciosamente.
Las caras se ven brillantes, aunque revelan agotamiento. La luna le recuerda a los presentes que en realidad es jueves. Aún no comienza el anhelado fin de semana, aunque en
Se oyen aplausos para los bailarines y los músicos. La joven de rojo no quiere dejar de moverse, su compañero la saluda como quien agradece un buen momento.
Así finaliza la jornada, entre vasos vacíos y gargantas un poco afónicas.
martes, 4 de agosto de 2009
Lago-Mundo
Nahuel, que todo lo cubres con tu azul...
Vibrante, eléctricamente azulado.
Oleante manto de aguas frías que mojan pequeños puertos patagónicos.
Hogar de peces, lugar de encuentro, lugar de amores.
Frías son tus rompientes de cristalinos fluidos glaciarios. Cálido es tu encuentro.
Te presentas arrogante, impetuoso, bailando entre las montañas, saludando al Cuyín Manzano, trepándote por las piedras de la costa barilochense.
Identitario, único, gigante.
Amigo y confidente. Nos diste algo. Nos enseñaste a nadar, nos curtiste la piel con tu cauce, nos mostraste el valor de lo autóctono.
Te extrañamos, desde lejos.
Te vivimos, te sentimos.
Te deseamos tan azul como siempre, tan frío (de ese frío que se siente en los huesos, pero que sacude el alma.)
Te recordamos tan revoltoso y brillante.
Ya volveremos lago querido, y nos emocionaremos mirando tus olas romper en la orilla.
Isla del Tigre… ¡cómo nos marcaste!





